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Lunes, 27 de febrero de 2017
Más acera bici, menos cíclabílídad
Otra parcela recién urbanizada, con todos los elementos de decoración urbanística, se va
a poner enjuego mañana en alguna zona de algún punto de nuestra geografía, de cuyo
nombre y localización no quiero acordarme, porque no viene a cuento.
El cuento es que esta parcela recién urbanizada va a tener de todo. Pero de todo, de
todo. Sus bancos, sus aceras anchas, sus columpios, su fuente, sus farolas, sus
carreteritas, sus aparcamientos y, como no podía ser de otra manera, sus aceras bici y
sus microzonas de convivencia con pavimento de otro color... todo un ejercicio de
diseño urbanita, actual, tendencial y poco práctico. De catálogo.
No importa quién es el responsable de turno. Lo que importa es que alguien, quizá
bastante gente, será capaz de aplaudir esta actuación porque reúne los requisitos
imprescindibles para que se convierta, por mera enumeración, en un espacio social
sostenible lo que no era más que un solar industrial abandonado.
El problema es que, las mismas personas que aplaudirán la inauguración de esta parcela
o de la siguiente, o de la que se inauguró hace menos de un año y que casi linda con
ésta, pero que no se integra con ella de ninguna manera, luego se lamentarán de que esas
infraestructuras no les llevan a ninguna parte, más allá de a una estadística que sigue
engordando sin sentido.
Hablando de movilidad, en esta parcela se ha ideado una acera bici,de 300 metros,
invasiva, bidireccional, de apenas 1,50 metros de ancho (aunque en proyecto figurara de
2 metros) y que, como condición indispensable, además de contar con una chicane
fenomenal para cambiarse de acera, lleva de ningún sitio a ninguna parte. Ah, un detalle
tonto: la calzada contigua, que no se espera que tenga tráfico importante, tiene un carril
por dirección (en esos 300 metros), perfecta para integrar cualquier tráfico ciclista, tanto
residual como relevante.
Otro triunfo del urbanismo moderno ombliguista y autojustificado. Otra calamidad para
el compendio de despropósitos en una ciudad que sigue venerando al coche y que sigue
ignorando a cualquier modo alternativo de transporte. Otra demostración de que en esta
ciudad, como en la mayoría, no se planifica la movilidad. Otra chapuza aislada y
desconectada. Otro dispendio. Otra constatación de que la bicicleta no tiene credibilidad
ni crédito.
Mientras sigamos consintiendo este tipo de actuaciones con indolencia y hasta con
felicidad irresponsable, seguiremos proponiendo un modelo de ciudad y de movilidad
que no sólo no incluye la bici, sino que la excluye, y que no mejora su visibilidad y sus
posibilidades, sino que las empeora.
Mientras no tengamos ningún criterio respecto a cuándo, cómo, por qué y para qué
segregar el tráfico ciclista y cuáles son las normas básicas para hacerlo, todo lo que se
haga será una improvisación y un ejercicio de posibilismo inconsciente.
Eneko Astigarraga | |