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Publicado por: Rafa Vidiella: septiembre 04, 2014
(foto: Rafa Vidiella)
A todos nos ha pasado alguna vez: vas rodando tan feliz y, de pronto, un amenazante coche se nos
pega por detrás, mientras su conductor empieza a pitarnos. Hay varias formas de reaccionar...
¿Cuál es la tuya?
Impaciente. Maleducado. Ignorante. O, simplemente... Las tres cosas a la vez. Pocas cosas hay más
peligrosas e indignantes que un automovilista pitándonos, pegados a nuestra rueda trasera, mientras
montamos en bici. ¿Cuál es tu reacción más habitual?
Despectiva
Las abuelas decían que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”, y es cierto que, al menos sobre
una bicicleta, esa parece muchas veces la mejor opción. Si ruedo respetando las normas, concentrado en
mis pedaladas y atento al tráfico que me rodea... ¿Por qué me pitas? ¿Por qué me distraes, conductor?
¿Qué pretendes con tus pitidos? Tú sabrás... A mí, personalmente, me da igual. Nuestros caminos se
separarán para siempre (por suerte) en el próximo semáforo o giro, y no pienso perder ni un segundo con
tus problemas.
Violenta
Es la peor respuesta, pero también una de las más frecuentes: responder a la agresión acústica con una
reacción más violenta. Insultarse o, incluso, convertir la calzada en un ring no parece buen negocio. Es la
peor opción porque implica dos peligros: cruzarse con un loco, que los hay (a mí, al menos, me han
sacado un arma) y el de enfrentarse a la agresividad que hay en uno. Respira. Reflexiona. Y relájate: la
vida es demasiado bonita como para perderla en una disputa. Pero a veces no será por falta de ganas...
Informativa
No es que sean malos: es que no conocen las normas. Muchos conductores están convencidos de que la
calzada es para ellos, y que los ciclistas no deben, ni pueden (¡y menos yendo “tan lento!”) circular por
ahí. Su delito es doble: desconocen las leyes de circulación y que atosigar a un ciclista es una grave
infracción. Por eso, cada vez más, algunos ciclistas ruedan con una copia impresa de la ley de tráfico para
mostrársela al automovilista, y dejarle bien claro que los ciclistas podemos (debemos) circular junto a los
coches.
Desde tirarles un beso hasta mostrarles las leyes. Desde ignorarles hasta pegarse con ellos. ¿Con cuál
te quedas?
La cachonda
Responder a un ataque furibundo y sonoro con nuestra mejor sonrisa, saludando como una infantita o,
directamente, lanzando un beso (los ciclistas somos gente cariñosa) es para muchos la respuesta
definitiva. Encerrado en su coche, el automovilista respira desesperación, frustración y prisas. El ciclista
que va delante (y que, quizá, llegará antes a su destino) se desplaza acariciado por el viento y calentado
por el sol. Y, para colmo, se cachondea de ti... ¿No deberías replantearte las cosas?
La urgente
Que las prisas de los demás no nos hagan acelerar nuestra marcha. Si el conductor llega tarde, que
hubiese salido antes. Si quiere ir al triple de la velocidad permitida, que lo haga cuando no tenga a un
ciclista cerca (y ojalá le pongan una buena multa para que no vuelva a hacerlo). Lo que no debemos hacer
es reventarnos en una cuesta para dejarle contento o “pedirle disculpas” por ir tan despacio, o rodar de
manera imprudente para demostrarle que nosotros también somos rápidos. Enfría tu motor, conductor, y a
mí déjame a mi ritmo...
La huida
Es la más frustrante de las respuestas. El ciclista que, haciendo acopio de ganas, valor y civismo, decide
integrarse con respeto en el tráfico y que, a la primera (o segunda, o tercera) pitada agresiva, se rinde y se
vuelve a la acera (o, todavía peor, aparca para siempre la bici en su casa). En la derrota del ciclista va
implícita la victoria de la agresividad, la prepotencia, el miedo y la mala educación. Pero no les daremos
el gusto: no sólo no vencerán, tampoco nos convencerán. | |