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1115 Revista Ciudad y Territorio nº2-1980 Transporte en modos no motorizados.
Egilea: Eduardo Molina
Iturria: Madrid: Revista Ciudad y Territorio: 1980
Euskarria: DIGITAL
Hizkuntza: Gaztelaniaz
Etiketak: Programas y actuaciones peatonales y ciclistas, Estudios, Publicaciones periódicas
General 1980
Artxibo OCRI i CiubsAb V /0-2/SO \ \ por Eduardo Molina y Alfonso Sanz Alduan «— Rueño, lo que es en mi país —aclaró Alicia, jadeando aún bastante— cuando se recorre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte... — ¡Un pais hustfinte lento! —replicó la Reina—•. Lo que es aquí, como res, hace falla correr lodo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio». Lewis Carroll «Alicia a través del espejo» 1. INTRODUCCION Antes de entrar en el contenido de este artículo, parece aconsejable, como punto de partida, que nos detengamos en analizar el concepto de modo de transporte, con el fin de intentar clarificar una serie de factores que, a nuestro juicio, tienden a oscurecer el problema del transporte urbano. El concepto de modo de trans|®)rte, viene defini- do normalmente, desde el punto de vista analítico, por una serie de factores, características o valores que aparte de simplificarlo, ayudan a establecer comparaciones entre las distintas maneras de trans- portarse y consecuentemente, a justificar la toma de decisiones, en cuanto a la potenciación de un modo u otro. Estos, llamados factores estructurales de la ofer- ta del transporte, son principalmente: — La velocidad a que se desplaza el objeto transportado. — La capacidad o cantidad de objetos que pue- den transportarse en un período de tiempo. — La regularidad y/o jrecttencia del modo. — La seguridad, de importancia capital en el transporte de viajeros. — La comodidad, — La capacidad de formación de red, o capaci- dad de cubrir el territorio de una manera más o menos isótropa. — Los costes propios del modo. De la comparación de estos factores entre los modos, se determinan los valores relativos de los mismos en relación al objeto transportado y al itinerario o recorrido a realizar. Así podemos afir- mar, por ejemplo, la mayor velocidad, comodidad y capacidad de formación de red del automóvil res- pecto al autobús urbano y viceversa, la mayor se- guridad, capacidad y menor coste (por viajero-km) del autobús respecto del automóvil. Ponderando Luego el conjunto de los factores, podemos obte- ner la potencia del modo de transporte en cues- tión. Lógicamente no todos los factores tieijen el mismo peso relativo en la formación, de la poten- cia, actuando de manera determinante criterios 93* Curucierihiiciiíi inuilos ilc irumiwric ¡.vin cniioiuiks. sociológicos y políticos y con claras variaciones según los distintos momentos históricos (ver figu- ra 1). No obstante, este modelo comparativo, amplia- mente utilizado en la justificación de las políticas de transporte, pierde toda su consistencia si in- troducimos los condicionantes de la oferta del tranporte y los impactos externos que .producen. La oferta depende de tres tipos de factores prin- cipales: Tecnológicos, Económicos y de disponibi- lidad de los Recursos utilizados. La variación de estos condicionantes, incide directamente en la potencia del sistema de transportes, al cambiar las características de los factores estructurales de los modos. Por ejemplo, las consecuencias que ten- dría la aparición de una nueva tecnología compe- titiva, harían variar el papel de los distintos modos en el sistema de transportes y una situación de crisis económica repercutiría en varios de los fac- tores estructurales de los modos. La situación actual de estos elementos condicio- nantes es, claramente, distinta de la existente en la década de los 60, lo cual ha llevado a replan- tear la participación de los distintos modos en el sistema de transportes. En efecto, la situación actual de la tecnología del transporte se caracteriza porque no es de espe- rar una solución inmediata, transcendentalmente renovadora de los medios convencionales, a pesar de los esfuerzos que se han empleado en producir- las. En cambio los factores económicos empiezan, como en todas las épocas de crisis, a ser enorme- mente decisivos, así, las situaciones deficitarias de las empresas de transporte colectivo, la dismi- nución de las rentas reales de la población, etc., hacen que, al menos el peso relativo de los fac- tores estructurales, cambie y, por ende, su idonei- dad como elementos comparativos abstractos. De los recursos utilizados, destacamos obvia- mente la energía que ocupa un lugar decisivo en la caracterización de la crisis actual y que, al va- riar de manera brusca, pone en cuestión toda una concepción del transporte basada en la energía barata y abundante. Su impacto no es simplemente trasladable al factor coste, sino que incide en as- pectos decisivos ajenos al marco del transporte. De otro lado, tenemos los impactos externos al sistemas de transporte, de los que destacamos los llamados impactos medio-ambientales (ruido, con- taminación, etc.), que debido a su espectacular aumento y a la consiguiente toma de conciencia de los ciudadanos, pasan a ocupar un papel muy importante, que pone claramente en cuestión la validez de los factores estructurales como reglas líniflas de medida de la aptitud de los modos de transporte. Es desde esta globalidad de elementos, desde donde tenemos que considerar el problema de la utilización de los distintos modos de transporte urbano y va a servirnos para enfocar e intentar demostrar la idoneidad y oportunidad de los mo- dos de transporte no motorizados de cara a su potenciación en el marco de las políticas de trans- porte. 2. LOS MODOS NO MOTORIZADOS a) Importancia teórica Corresponde a este apartado, el análisis de las características comunes de los modos de trans- porte no motorizados desde la óptica general apun- tada en la introducción. La idea central con la que vamos a aproximar- nos al tema, es la de su inmunidad o independencia respecto a las variaciones de los factores condicio- nantes del sistema de transportes urbanos. La elevación de los precios de la energía y la incidencia de la crisis económica, están poniendo en cuestión, la concepción de un sistema de trans- portes urbanos basados en la utilización y poten- ciación de modos de transportes motorizados. Los modos de transporte no motorizados, surgen como una alternativa al sistema de transportes urbanos, a la vez que a corto plazo contribuyen a hacerlo resistente a las crisis exteriores. En efecto, los factores económicos, apenas tie- nen incidencia en la marcha a pie o en el viaje en bicicleta. Andar no cuesta nada y los costes de una bicicleta son despreciables frente a los modos de transporte motorizados. Los costes del mate- rial fijo de ambos son también insignificantes. Los modos de transporte no motorizados tam- poco sufren el impacto de la crisis de la energía; no gastan más energía que la necesaria para man- tener un estado de salud apropiado, que es idén- tica a la que se requeriría aunque no se montara en bicicleta ni se andara de manera general. Es más, la salud mejora con el ejercicio físico que se realiza al usar estos modos. Además, la tecnología es ciertamente sencilla y no genera dependencia en cuanto a su concepción o reparación. El hombre al caminar no utiliza más tecnología que la de sus propias piernas. En el caso de la bicicleta sí que nos encontramos con una tecnología propiamente dicha, que en sus 140 años de desarrollo, ha prestado sus avances a otros sectores. En concreto, el automóvil se benefició de los logros de los constructores de bicicletas (neumático, diferencial, radios, transmisión, coji- netes .etc.). Esta tecnología es fácilmente asimi- lable por cualquier comunidad y presenta las ven- tajas de una duración considerable. También es necesario señalar que tiene unas potencialidades que no han sido desarrolladas debido a su arrin- conamiento paulativo, pero que empiezan a serlo. Así, se han presentado modelos nuevos que han sido objeto de estudios comparables casi con los que se realizan para los vehículos aeroespaciales 94 »♦11 I Trans- portes en modos no mo- torizados (ver fig. 2). De todas formas, el nivel tecnológico requerido para introducir importantes mejoras no es comparable, ni de lejos, con el que necesita la industria del automóvil o el ferrocarril. Pero quizá, la más evidente e importante cuali- dad de estos modos estribe en que no provocan impactos medioambientales, pues no contaminan, ni hacen ruido, ni producen vibraciones y no ne- cesitan de una infraestructura que genere impac- tos espaciales, es decir, que se integran de manera no perturbadora en el espacio urbano, pues for- man parte consustancial con él. Desde un punto de vista general, los modos de transporte no motorizados se escapan del campo específico del transporte para adentrarse en el dominio de las relaciones sociales. En efecto, la monofiincionalidad existente en la actividad trans- portarse es potenciada al máximo en los modos motorizados y de manera especial en el automóvil. Cuando se va conduciendo, en el autobús o en el metro, pocas son las oportunidades para esta- blecer contactos con el entorno físico y humano. El hombre urbano medio ha perdido el sentido de la orientación y de dominio del espacio en el que habita. Con el transporte motorizado lo único que entiende es el conjunto de canales por los que circula diariamente, mediante representaciones fragmentarias de la distribución de los objetos en el espacio. La ciudad empieza a formar parte de lo que los geógrafos radicales denominan «geogra- fía espectáculo». A pesar de los malabarismos conceptuales introducidos por Kevin Linch y su escuela, no hay forma de superar el papel de mero espectador que ocupa el usuario de los medios de transporte motorizados. Caminando o en bicicleta, los términos se in- vierten. Las posibilidades para cambiar de la acti- vidad transportarse a otra cualquiera, en cualquier momento son casi infinitas. El caminante o el ci- clista conocen el espacio urbano, pues lo utilizan durante sus recorridos a voluntad. De otro lado, la ideología del progreso he hecho mella también en el transporte desde que el auto- móvil privado se convirtió en símbolo de status y prestigio social. Ir en bicicleta o simplemente ca- minar ha sido algo a evitar y sólo las capas socia- les de rentas más bajas han tenido que confor- marse con estos medios de transporte al no poder adquirir su propio automóvil. Sin embargo, las cosas están cambiando, la cri- sis del modelo territorial actual y la crisis del trans- porte urbano en particular, obligan a adoptar otras posturas que, de hecho, están siendo experimen- tadas en diversos países. i Por otra parte (y así lo demuestra el éxito alcan- zado por las zonas de peatones), su utilización pone en cuestión la concepción funcionalista de la ciudad. Es evidente que los ciudadanos desean una calidad del espacio urbano que les permita habitar y desplazarse en buenas condiciones. Es la reacción frente a la ciudad ordenada, fragmen- tada, en la que cada función debe realizarse en un lugar determinado, planteando una concepción de la ciudad que se rige por las reglas sobre di- mensiones que le da el hombre al caminar por ella. No es ya tan importante que el tráfico sea fluido como que las personas se encuentran a gusto, y esto tiene especial importancia en las zonas de vivienda, de estudio, de descanso. La calle debe recuperar la multiplicidad de “fun- ciones que antes ha tenido, como punto de reunión, residencia y lugar de juego para todos y esto sólo será posible si se cambia de óptica respecto al como transportarse en ellas. En el último apartado del artículo, volveremos sobre estas ideas para sentar unos criterios iniciales que a nuestro juicio, deberían informar un nuevo marco del planea- miento de los transportes urbanos. b) Los modos no motorizados y el tamaño de la ciudad El problema del transporte urbano es también un problema de la escala de la ciudad en que tiene lugar. Los problemas más agudos se dan en las áreas metropolitanas del actual modelo terri- torial y allí es donde se planifica para intentar resolverlo, pero en las ciudades de tipo medio o pequeño, aunque no con tanta agudeza, también se presentan problemas relacionados con el trans- porte, derivados sobre todo de la adaptación de la ciudad al automóvil. Así es sorprendente encon- trarse con problemas de barreras urbanas, impac- tos medioambientales y destrucción del patrimonio construido en ciudades donde, prácticamente todos los viajes pueden realizarse a pie o en bicicleta. Como después veremos, las experiencias reali- zadas para implantar estos modos han ocurrido en una gran variedad de tamaños de ciudades y, no hay ninguna razón de que se desprecien sus posi- bilidades en ciudades medias y pequeñas. En las grandes ciudades la óptica es claramente distinta, pues hay ciertos viajes (aunque menos de los que se cree) que no pueden realizarse a pie o en bicicleta, esto es debido a las peculiarie- dades de la estructura urbana de estas urbes y, por tanto, debemos ser conscientes de las limita- ciones que conlleva atacar el problema por sus efectos y no por sus causas. c) Importancia real de los modos motorizados De la importancia atribuida a los modos de transporte motorizados en el planeamiento de transportes, no puede hablarse sin un cierto son- rojo a la vista de los estudios y planes realizados hasta ahora. No hay apenas estudios integrales de transporte urbano que vayan más allá de cuanti- ficar de una manera global los desplazamientos andando o en bicicleta, reseñar su importancia y olvidarse de ellos para ocuparse en los importan- tes vehículos privados y transporte público. 95 Conviene, no obslanle, Siicar a colación algunos de los datos fundamentales existentes. Nos basa- remos principalmente en las encuestas domicilia- rias Origen-Destino y cuando sea posible encues- tas más detalladas, pues hay argumentos a favor de que las encuestas domiciliarias deforman la estructura de los viajes andando y recomiendan las encuestas in situ sobre todo en determinadas zonas de la ciudad (1). Vil primer dato relevante que vamos a exponer es el volumen de desplazamientos que se realiza en modos no motorizados. Los datos de la NTS indican que en Gran Bretaña el 40,9 % de los via- jes totales se realiza andando y el 2,8 % en bici- cleta. En la Rl'A el 38 % de los viajes en lodo el territorio federal se realizan a pie o en bici- cleta. En Estücolmo el 42,'5 % de todos los viajes se realizan en modos no motorizados. En el Area Metropolitana de Madrid, el 56 % (¡) del total de viajes se realizan andando. En el Area Metropolitana de Barcelona el 45 % de los viajes se realizan en modos de transporte no mo- torizados. De estos datos podemos, sin duda, deducir, dada la homogeneidad de las cifras, que ios desplaza- mientos en modos no motorizados representan .pa- ra unos tipos de ciudades eurojjeas (las america- nas serían obviamente distintas) un porcentaje del orden de un poco menos de la mitad de todos los desplazamientos. Otro dato interesante sería el de la longitud tic los desplazamientos totales, pues puede poner de manifiesto las posibilidades de transvasar viajes de modos motorizatlos a no motorizados. 1.3e la NTS obtenemos que la mayoría de los viajes motorizados se encuentra entre 2 y 3 millas y que e! 20 % de todos estos viajes es infeiñor a 2 millas (3.300 m.). Para el caso del Area Metro- politana de Madi'id, el 94 % de los viajes son menores de 10 Km., el 64 % de menores de 2 Km. y un 49 % menores de 1 Km. Estas cifras vienen a demostrarnos que, de to- dos los viajes que se realizan, existen importantes percentajes que tienen una longitud perfectamente asimilable por los modos no motorizados. Si como después veremos, un peatón puede recorrer perfec íamente una distancia de 2 Km., y que en bicicle- ta pueden recorrerse 10 Km. sin dificultad, las po- sibilidades potenciales de estos modos son de una importancia considerable, si cuentan con facilida- des adecuadas. El último conjunto de dalos a considerar, es el de las características socioeconómicas de la pobla- ción. Fijándonos en el grado de motorización de las familias, vemos que, por ejemplo, en Alemania, en 1974 sólo un 55 % de las familias poseían uno o varios automóviles. En el Arca Mcli'opoliíana de Madrid, el porcentaje de familias con algún vehícu- (!) Nos basamos en los dalos contenidos en las si- guientes informaciones: En CJrim Bretaña, la National l'iavci Siirvey (NTS) de 197.'). La encuesta Origen- Ocstino del Creater London Council (GLTS) de 1975. Encuesta a nivel nacional en la REA de 1975. Encuesta Origen-Destino del Arca Metropolitana de Madrid reali- zada i5or COPLACO en 1974 y dalos agregados de algu- nas otras áreas metropolitanas. lo es del 38 % (1974). Por otra parte, el que una familia tenga algún vehículo, no indica que todos los miembros de la familia tengan idéntica oportu- nidad de usar el vehículo. Aparte de la posesión del vehículo, intervienen dos factores más como son; la incapacilación física (por edad u otro mo- tivo) y el poseer el carnet de conducir. En el ammí un 40 % de la población queda excluida por el primer motivo y un 80 % de la población carece de carnet de conducir, por lo que si tenemos en cuenta que el grado de ocupación del automóvil es de 1,54, vemos que un alto porcentaje de la po- blación se ve abocada al transporte público o a los modos no motorizados. Podríamos resumir este apartado afirmando que los modos de transporte no motorizados son am- pliamente utilizados en la realidad, que hay una buena proporción de viajes que pueden ser realiza- dos en ellos si se arbitran las medidas adecuadas, y que son la única posibilidad para gran parte de población (el írtinsporte público no permite el des- plazarse puerta a puerta sino que siempre lleva aparejado unos recorridos andando de los que hablaremos más adelante). 3. EL PEATON Y LAS AREAS PEATONALES Dentro de la descripción de los modos de trans- porte no motorizados, nos aproximaremos al estu- dio del caminar, mediante un análisis de sus carac- terísticas propias, de su relación con el espacio urbano y de las experiencias de creación de áreas peatonales. a) Características del caminar Aunque entren dentro de la experiencia personal de cada uno, conviene no obstante precisar las características y posibilidades de este movimiento, a fin de apuntar de una manera sistemática los valores más .sobresalientes. Empezaremos refiriéndonos a las posibilidades físicas, abstraídas del entorno en que se producen, para relacionarlas más adelante con los condicio- nantes más destacados. Está comúnmente admitido que, una persona adulta anda a una velocidad de 5 Km, por hora en terreno llano (2). Estudios más precisos (3) indi- can que las velocidades medidas para viandantes que no cargan objetos y en terreno llano, varían entre 80 mls./miiuit. y 78 mts./minut. con valores mínimos de 43 mis./minuí. y máximos de 140, ci- fra a partir de la cual se considera empieza la carrera. Las velocidades normales eran de 74 mts./ minuto para personas entre 20 y 25 años, y 65 para el grupo de edad entre 81 y 87 años. El cansancio físico y psíquico, no se relaciona directamente con la distancia hasta unos 3 Km. (4), dependiendo fundamentalmente de la edad. Concretando, una persona de edad comprendida entre 15 y 60 años, puede desarrollar sin fatigarse y sobre terreno llano y sin obstáculos, una marcha (2) OCDL. «lieller Towns wilh less imiHic». Parts 1975. (5) Fniin, ). L «Pedeslrian Pluwdng and desing». New York 1971. (4) kl. (5). Trans- portes en modos no mo- torizados a pie de unos 2,5 Km, en !a que emplea un liempo aproximado de 30 mininos. Sin embargo, estos valores se ven muy afectados por una serie de faeloros, unos materiales y otros psicológicos, que los reducen considerablemente. Dentro de los factores materiales, distinguiremos; las pendientes, el clima, los obstáculos en el reco- rrido (tanto objetos como personas) y fundamental- mente y refiriéndonos ya conoetamenle al espacio urbano, los debidos a las esperas, interrupeiones, etcétera, provocados por el conflicto que se suscita al utilizar las mismas vías distintos modos de trans- porte. Sorprendentemente, en los estudios realizados (5), se ha detectado que el factor material (con- flictos aparte) que más influye en la velocidad andando es la densidad de peatones, otros factores como pendientes, obstáculos, clima, etc,, no mues- tran un efecto apreciabic. Esto se explica porque la marcha normal requiere un espacio suficiente para el reconocimiento sensorial y reacción frente a obstáculos potenciales. Respecto a la fatiga son, sin embargo, las con- diciones topográficas las que pasan a primer tér- mino, habiéndose encontrado que .pendientes de más del 10 % producen cansancio físico en dis- tancias inferiores a 1 Km. En relación con el otro grupo de factores cotidi- cionantes (esperas, interrupciones, etc,) la dificul- tad de su medición directa hace que para compu- tarlas tengamos, obligatoriamente, que acudir a da- tos tomados en el propio espacio urbano y en con- diciones reales, lo cual veremos a continuación. b) Ei peatón y el espacio urbano El medio en ei que se desarrolla la marcha a pie en ei espacio urbano, lo que podríamos denominar material fijo de este modo de transporte es la vía pública. Sin embargo, y aunque en otros tiempos este espacio era dominio casi exclusivo del peatón (compartido con otras actividades distintas al trans- porte) actualmente, y sobre todo, desde la apari- ción del vehículo privado, no podemos entender como tal la vía pública completa, sino partes pro- gresivamente más reducidas de ella. Las políticas de red viaria desarrolladas en nuestras ciudades han tenido el objetivo primero de adaptar el espa- cio urbano ai automóvil y consecuentemente, se han eliminado todos los obstáculos que impedían esta tendencia. Así, en aras de dotar al tráfico de una fluidez y velocidad elevadas, se han estrechado aceras, suprimido bulevares, construido toda clase de pasos a distinto nivel y se ha ido encerrando al peatóii en canales mínimos en lo que sólo es posi- ble circular obligándole a dar rodeos innecesarios para salvar distancias relativamente reducidas. Pa- ralelamente, la calle ha ido perdiendo todo tipo de funciones diferentes a transportarse y se ha conver- tido en un lugar inhóspito y desagradable, gracias a los impactos medioambientales y riesgos que pro- duce la circulación de automóviles. Que duda cabe, que esta situación tiene una inci- dencia primordial en la generación de viajes an- dando y que la realidad sería muy distinta si las prioridades cambiasen. Por otra parte, la influencia (5) Id. (3). de factores psicológicos, está cargada de falsos lu- gares comunes. Por ejemplo, la influencia psicoló- gica del valor del tiempo (diferente según el modo de transporte utilizado, ei momento histórico, ei tamaño de la ciudad, etc.) ha sido ampliamente sohrcvalorada, llevando a opiniones absurdas, pero enormemente extendidas, tales como que distancias superiores a los 30 m. suponen una molestia de tal calibre que hace que no se produzca el viaje an- díindo. Es evidente que recorridos por calles con- gestionadas con elevada contaminación, poco es- pacio y llenas de ruidos, no son apetecibles para nadie y se tratan lógicamente de evitar, pero, ¿Qué ocurre cuando la situación no es ésta? Hasta fechas recientes, no se ha dispuesto de dalos empíricos a gran escala tomados in situ sobre circulación de peatones; a partir de la experiencia de construcción de áreas peatonales en la Repú- blica Federal Alemana, se emprenden amplios esltidios para determinar el comportamiento de los ¡leatones, que nos permiten aproximarnos al tema de.sde una base más rigurosa que las opiniones per- sonales (6). Las longitudes medias de recorridos andando, medidas en centros de ciudades, se alejan conside- rablemente del tópico antes señalado. En encues- tas efectuadas en Düseldorf y Essen, se dan valores medios de 1.550 m. y 1.200 m., resiJCetivamenlc. Una encuesta efectuada en 1974 en Mtinicli, mucs- Ira sorprendentes resultados sobre el comporla- mienlo de aquéllos que recorren a pie, por el cen- tro de una ciudad, una parte de sii camino hacia el lugar de tiabajo; los que llegaban directamente a pie, un !8 % (!), andaban una media de 1.370 m. En Erunkfurt, un 22 % de lodos los visitantes de! centro acceden andando directamente desde sus casas situadas en un entorno de 1.500 m. Los va- lores registrados para seis ciudades alemanas de tamaño medio, nos indican que el 42 % de los que acceden al centro andando, lian recorrido más de 1.000 m. y el camino medio es de 1.060 m. De la encuesta realizada a nivel nacional en Gran Bretaña (NTS) (7) se observa que el 44 % de los viajes o parles de viaje realizados andando están comprendidos entre las distancias dé 1/2 y I milla (825-1.650 m.). De esta misma encuesta, se desprende que un 11 % de los viajeros o partes de viajes andando son superiores a I milla (1.650 metros). 1.a lista de dalos cuantitativos sería inlerniinablc y no haría más que confirmarnos que, «de liecho», se recorren distancias superiores a los 1.000 m., aún cuando no existan condiciones ambientales óptimas. En resumen, que pueden tomarse como licrfecíanienie aceiilables distancias comprendidas entre 1 y 2 Km., pudiendo, por tanto, considerarse la posibilidad de influenciar al ciudadano para via- jes dentro de este entorno, siempre que las condi- ciones del recorrido sean adecuadas. Otro aspecto no menos importante, aunque tam- bién completamente olvidado, es el de los tramos de viajes realizados principalmente en modos mo- torizado, que se realizan a pie. (6) Monheim, Rolf. «De la calle a la chutad de peii- íories-». En «La ciudad peatonal». Gustavo Gili, 1979. (7) Door, E. y Goodwin, P. lí. «Van'atioiis in Ihe ¡mporiaiice of waiking «.v a moda o¡ Inmspori». GI.C. 1976. 97 Las distancias recorridas desde las paradas de transporte público o desde los aparcamientos Itasla ios lugares de destino, también son generalmente más largas de lo que se piensa. De la encuesta an- tes citada de Munich se desprende que los que ac- ceden al centro en coche, recorren 743 m. como promedio y los que llegan en transporte público 369 ni. De la explotación de la NTS (8), se deduce que los tramos de los viajes motorizados realizados andando, duraban una media de 5 minutos. Como conclusión de este apartado, podemos sig- nificar la importancia de considerar a la marcha a pie como modo de transporte idóneo para una gran cantidad de los viajes que realmente se pro- ducen. A continuación, entraremos a examinar uno de los tipos de medidas que tradicionalmenle se han venido empleando de cara a potenciar los recorri- dos andando como son las áreas peatonales. c) Experiencia sobre areas peatonales Entendiendo por calles peatonales aquellas vías urbanas que han sido abiertas al tráfico motoriza- do y que en un momento dado se cerraron til mis- mo reservándose a los peatones, nos encontramos las primeras (en el período entre guerras en Ale- mania) en aquellos lugares en los que las calles comerciales eran estrechas y no podítin albergar a la vez a peatones y vehículos, sería el caso de las famosas Limbeckrstrasse en Essen (1927) y en Colonia la Hohe Strasse. Este mismo criterio es el que domina desde la 2.'' Guerra Mundial hasta casi el principio de la década de los 70, y es siem- pre sobre casos extremos sobre los que se toman medidas. El cambio decisivo se inicia en países de la Europa Central y del Norte, principalmente en la República Federal Alemana (REA), Holanda, Dinamarca, Suecia y más recienlemente, en nume- rosos centros históricos italianos. El éxito y la buena acogida por parte de comerciantes y visi- tantes de estas calles, hace que por parte de laS Corporaciones Locales se muestre interés en tomar medidas más amplias, pasándose de «una planifi- cación limitada por las exigencias, hacia una forma compleja de ser el interior de la ciudad» (9). Em- pieza, por tanto, a pensarse en extender las medi- das de prohibición del tráfico de vehículos a otras calles aledañas, formándose los primeros conjun- tos de calles que desembocan en lo que se deno- mina áreas peatonales. En 1974, un cuestionario enviado por la OCDE a más de 444 ciudades de más de lÜO.OOO habitan- tes, pertenecientes a los países miembros, indicaba que el 70 % había creado calles peatonales y que el resto, las estaban planeando (10). En la REA (II) había 134 centros de ciudades con calles pa- ra peatones en 1971, en 1973 eran 200 y a finales de 1976, aproximadamente 340. En la misma REA, incluso en ciudades pequeñas y áreas rurales con unas mínimas actividades locales en el centro, se está empezando a tomar este tipo de medidas, así en la región de la Baja Sajonia (en 1976) un 29 % de municipios de menos de 20.000 habitantes (8) Id. (7). (9) Id. (6). (10) )d. (2). tin Id. (6). (93 en total), tenían o proyectaban una zona para peatones, antes de 1970 sólo existía una, en 1972 otras dos y sólo algunas más en 1973 (12). De otro lado, las opiniones de visitantes y resi- deníes en estas zonas no puede ser más positiva. Apuntaremos el dato de una encuesta realizada en Düseldorf, en la que sólo ei 4 % de los encues- tadüs opinaba que el área peatonal era muy grande y más del 30 % opinaba por ei contrario, que de- bería ampliarse (13). Respecto a los comerciantes, aunque en princi- pio se muestran opuestos a este tipo de medidas, acaban aceptándolas, no siendo raros los casos en que comerciantes instalados en calles con tráfico motorizado, han reclamado la peatonaüzación de estas calles e incluso han contribuido económfea- mente a llevarlas a cabo. Asistimos, de hecho, al boom de las áreas pea- tonales en gran parte de los países europeos, pero con unas características determinadas que pode- mos resumir en las siguientes: a) Se orientan a calles y zonas de marcado ca- rácter comercial. b) Se localizan casi exclusivamente en zonas centrales. c) Llevan aparejadas medidas de prohibición total de tráfico de vehículos privados durante un período de tiempo determinado (a veces, durante lodo el día). d) Se procede a realizar obras de infraestruc- tura para facilitar el acceso a estas zonas (cintu- rones, transporte público, aparcamientos, etc,). d) Análisis critico de las áreas peatonales Como muchos otros aspectos del planeamiento urbano, la peaíonalización de ciertas parles de la ciudad, corre el grave riesgo de dejarse arrastrar por las modas dominantes. Si bien es cierto que. en este caso, se obtienen avances notttbles en cuanto a la mejora de la calidad de vida urbana en los lugares donde se instalan, no lo es menos que al incribirse dentro de procesos complejos de formación y cambio de la ciudad, producen unas consecuencias indirectas sobre otros sectores y aspectos que ponen en cuestión la bondad, gene- ral de las medidas adoptadas. Basándonos principalmente en el caso alemán, analizaremos una serie de aspectos que pueden orientar de cara al futuro, sobre las consecuencias derivadas de las experiencias llevadas a cabo. El jirimer lema con que nos topamos es lógicamente el de determinar los objetivos que van a dirigir el planeamiento a realizar. Al emprender un pro- yecto de peaíonalización de cierta amplitud se plantean normalmente amplios espectros de obje- tivos teóricos que podríamos clasificar en tres gru- pos (14): objetivos de transporte, objetivos econó- micos y objetivos urbanísticos. Estarían en el pri- mer grupo los de: ordenar el tráfico y atenuar el tráfico en general. En el segundo: promocional- la importancia comercial, fomentar el turismo, favo- recer las actividades de ocio. Y en el tercero: me- {Í2) Hcybey, Haii.s Gerd «Zonas a^riuiabtc'S para el peatón en pequeñas ciudades y comunidades rurales». En «La ciudad peatonal». (13) Id, (6). (1-4) Id. (6). 98 Trans- portes en modos no mo- torizados jorar las condiciones niedioambieiUales, mantener la imagen histórica, aumentar el cariíclcr central, estimular el vivir en el centro ,etc, Sin embargo, en los proyectos concretos realizados no lodos los objetivos planteados en principo se cumplen, es más, aparecen repetidaniente objetivos dominan- tes, objetivos secundarios y objetivos que no se cumplen o no se puedett cumplir. De los estudios llevados a cabo por R, Monheim (15), la mayoría de los departamentos de planifi- cación que han llevado a cabo políticas de peato- nalización, destacan como objetivo dominante: el fomento de la actividad comercial en la zona. En general, objetivos tales como: ordenar el tráfico, mejora de las condiciones medioambientales, pro- moción del habitar en ei centro, etc., resultan más bien afirmaciones verbales que verdaderas máxi- mas por las que se orienta ia planificación. El objetivo de atenuar el tráfico, se limita normal- mente a las zonas en las que se intenta lograr el objetivo dominante, ya que es más un medio para conseguir el segundo que un objetivo propiamente dicho. Esta jerarquización es debida a dos razones: primeramente a la influencia de los sectores del comercio, que contrariamente a lo qite se suele pensar, captan en seguida ¡as ventajas que para sus intereses suponen las zonas peatonales, y en segundo lugar, a las posibilidades de consecución de esos objetivos por parte de quien los formula, pues al ser generalmente las Administraciones Locales las que llevan a la práctica las zonas pea- tonales, no pueden responder a objetivos para los que no disponen de medios, Ante el «boom» de las zonas para peatones en la REA e Italia, antes mencionado (ver fig. 3), el í Ministerio Federal de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la primera, ha llevado a cabo un estudio sobre las consecuencias de la creación de áreas peatonales (16). luis conclusiones de ese estudio son sintomáticas de los problemas apunta- dos y podemos dividirlas en tres grupos: 1) Consecuencias sobre el tráfico. Difieren bastante de las ideas demasiado sim- plistas que en principio parece que guían la im- plantación de zonas para peatones. Según la concepción actual, las áreas peatonales no sirven para conseguir por sí solas una atenua- ción general del tráfico motorizado, sino para que los clientes motorizados puedan comjrrar con más facilidad sin el uso del automóvil para el acceso ai centro. De hecho, la creación de esas zonas, liti corrido paralela a la construcción de más aparea- mientos, que compensen las plazas eliminadas con la atenuación del tráfico y absorban los nuevos clientes que la zona genera. Es la pcseadilla que se muerde la cola, pues el intento de eliminai' las molestias provocadas por un excesivo tráfico de vehículos y, en general, por la utilización de! ve- hículo privado como modo predominante de írans- porte urbano, fracasa, ya que ai aumentar la oferta de aparcamientos se está de hecho potenciando la utilización del automóvil. Además, los efectos per- turbadores se desplazan a otras zonas, pues si se cierran tramos de calles del centro ai tráfico, éste busca trayectos de sustitución en calles vecinales, lo cual crea un claro perjuicio para los residentes (!5) Id, (6). (¡6) Recogido en: Heinz, W. el all. «Aspeaos socioe- conómicos (le la creación tic amas para peatones», l-n «!,!í ciudad pcíilonül», 99 (ie las mismas, y si io qiio se liacc es eonsiruir einturoiies para conseguir un dominio ericienle sobre e! (rál'ico de paso se cslá realmente creando un electo más deva.stador que las venttijas que se obtienen. 'rambién en alguiuis oca.sione.s (ante la prohibi- cióti total de entrada de vehículos en esas calles) se üegan a abrir calles traseras de servicio (para- lelas a las que se peatonalizan), a fin de ixtsibilitar las üix'raciones de carga y descarga, o bien, se utilizan las existentes {si es factible) que soportan molestias adicionales. En resumidas cuentas, las árcíis pettionaies ac- tuales no implican, a corto plazo, cambios impor- tantes en la eslructura de la demanda de trans- porte, sino que .se limitan a desjdazar los proble- mas de lugar y, a largo irlazo contribuyen a aumen- tar el núiiiero de desplazamientos motorizados, sobre todo eti automóvil, dándose casos como el de Oldenburg, en el que incluso el transporte público llega a perder vitiieros en favor del vehículo priva- do (17). 2) Consecuencias sobre la estructura itrbatta. La orientación tmitlimensional que-ha inspirado las experiencias de áreas peatonales, ha ido diri- gida a crear áreas libres de tráfico únicamente en los centros de actividad de las ciudades. t,as pode- rosas virtudes que los irlanificadores atribuyen a las áreas peatonttlcs como medio para revilalizar las zonas centrales en proceso de decaimiento, no deben hacernos igtiorar his consecuencias que im- plican en el resto de la ciudad. El ctirácter de «oireración prestigio» que tior- malmentc dan las áreas peatonales al gobierno local que las protnueve, hace que adquieran extre- ma imitortancia cuestiones como la protección de monumentos, arreglo de fachadas, mobiliario ur- bano, etc., lo que trae consigo un aumento del atractivo de estas zonas, lujo que se paga caro, pues si la mayoría de! potencial conjunto de una ciudad, incluidos los medios financieros, se con- eentra en el área peatonal, se produce inevitable- mente la aparición de zonas grises en otras partes de la misma. Una concentración de «lo urbano» en sus vertientes lúdicas de calidad de vida, de atractivo económico, implica que la mayor parte de los ciudadatios tenga que contentarse con vivir en zonas socialmenie inferiónos y visitar este pa- raíso de vez en cuando. Por otra parte, lo que en realidad se está ha- ciendo es reforzar las tendencias de ceníralidad, pues se están creando las condiciones nccesttrias para que autnenten las visitas (viajes) al centro, al dotarle de utia calidail sttperior (ver fig, 4). En contra de la idea general de las áreas peato- nales contribuyen a fomentar la revitalización del centro al dolarle de umi mayor variedtid de funcio- nes entre las que se incluye el habitar, los estudios realizados muestran que lo que se produce es un proceso de segregación aún mayor que acelera el éxodo de los Íiabitíintes y refuerza la cspecializa- ción comercial del lugar. Al ponerse en valor acele- radamente zonas en las que se apuntaban ¡rrocesos de especialización en actividad terciaria, se produ- cen fenómenos contrapuestos a estos objetivos. Los (17) OCDL. «Les Kiies l’ielonnes». París 197-1. i precios del suelo aumentan considerablemente, dando lugar a cpie usos de vivienda, equipamiento no rentable, etc., se vean desplazados por usos terciarios, que poseen un mayor poder económico, dcs|7lazando así a la )>oblación residente: esto se refleja en un aumento de alquileres y en algunos casos en operaciones de «modernización» que me- diante las oportunas remodelaciones expulsan a los vecinos de renta baja. i-n resumen, la instalación exclusiva de áreas peatonales en zonas centrales, trae como conse- cuencias ciaras, la aceleración de los procesos de expulsión de los habitantes, el reforzamiento de las actividades centrales y, eso sí. la creación de una imagen atractiva mediante el aumento de la actividad comercial. 3) Consecuencias económico-comerciales. Uno de los principales argumentos que se. argu- yen para explicar el éxito de las áreas petiíonales es el aumento del volumen de ventas del comercio afectado. No hay publicación, sobre este tema, que no aporte gran cantidad de datos sobre lo bien que marchan los negocios de los comerciantes afecta- dos, en principio, reticentes ante estas medidas. Sin enibargo, esto no se produce sin susliluciones y fricciones importantes. I.os procesos de concentración del comercip tie- nen ciertos efectos espaciales que a su vez fuerzan c! procesr) de selección, f.os tíos lugares cttracfc- ríslicos en los (¡uc se ha idasmado c! proceso de concentración han sido; los centros de las ciuda- des y las localizaeiones periféricas con gran acce- sibilidad etr las que se instalan los centros comer- ciales. Estos complejos comerciales, sustraen clien- tes de otros barrios, de tal manera que, los lugares menos atractivos dejan de ser competitivos y tiene liigítr, simultáneamente, una selección dentro inclu- so de las zonas eomerciales atractivas. El pequeño eomereiü ,se ve obligado a hacer frente a los ele- vados gastos que exige la competencia y como no csiá en condiciones de pagar los alquileres y reali- zar his renovaciones oportunas, se ve desplazado de estas zonas. • I,as áreas peatonales ]X)lencian estos dos proce- sos de concentración y sustitución en el centro de las ciudades, tendiendo a desplazar actividades de demaiida cotidiana por otras más especializadas. Contribuyen, además, ti la centralización de zonas eomereiales en la región, atraen compradores y vi- 100 LA BICICLETA silíinics tie oirás ciiuJados más pec|iicíi:is do su on- torno. Este es el motivo de que algunas po<¡uoñas ciudades hayan creado áreas peatonales propias, con el fin de recuperar compradores, medidas que parecen tener más éxito que el que se sopecha- ba {18). En resumen, una gitm cantidad de las áreas pea- tonales existentes, tienden a funcionar como un gran centro comercia! en el centro de las ciudades con las consecuencias que esto conlleva. Como conclusión a este apartado, podemos afir- mar que existen dos posiciones contrapuestas a la creación de áreas peatonales. 1.a primera, y hasta la fecha dominante, consiste en instalarlas de modo que se aumente el atractivo económico de las zonas elegidas (casi siempre el centro urbano). De lo que se trata en este caso, es de eliminar los conflictos entre peatones y vehículos, a fin de que aquéllos puedan realizar más cómodamente sus compras, poniendo además las condiciones para que ci ac- ceso a esas zonas pueda seguir realizándose como antes de instalarlas. El ciudadano es visto funda- mentalmente como comprttdür y se le facilita cjue consuma de la mejor manera posible, es decir, que consuma más. La segunda es la defendida por los partidarios de dar prioridad a) mantenimiento y elevación do la calidad de vida urbana. La función habitar pasa a primer plano y se demandan, por tanto, amiílias medidas para atenuar el tráfico, no sólo en áreas económieameruc «rentables», sino en toda la ciu- dad. Hemos intentado en estas líneas clarificar las conli'adicciones entre las dos posturas, a fin de que no sirvan como fachada objetivos que no pueden c u m p I i r se s i m u i t á n e a me n t c. 4) Costes. El tema de los costes de las áreas peatonales no es como, a primera vista podría parecer, una cues- tión baladí, sino que puecíe resultar un factor.deci- sivo para su implantación, dependiendo de la ópti- ca con que se considere. Si lo que se trata es de im- plantar medidas de atenuación de tráfico es evi- dente que los costes pueden lleg<'ir a reducirse con- siderablemente, pues para cerrar una calle sólo bas- ta una valla o una señal y otros elementos de diseño parecidos pueden ser de un coste casi despreciable para una ciudad; sin embargo, desde la perspecti- va dominante hoy en día de construir dysneilandias u otro tipo de parajes idílicos y cerrados, los costes pueden ser considerables. Para dar una idea del orden de magnitud de estos segundos, Monheim (19) da los costes que representíin las zonas para peatones de ocIk) grandes ciudades alemanas y los cifra en una mecha de 5,2 millones de marcos, esto comparado con lo que cuesta un kilómetro de autopistas (10,10" de marcos) es de hecho muy inferior, pero si tenemos en cuenta que las áretis peatonales las financias las Administraciones l.o- cales y las autopistas los Gobiernos centrales, las cifras relativas varían bastante. Es decir, que si lo que se intenta es una operación de prestigio, es posible que no se lleve a cabo o que se sustraigan fondos que podrían ser utilizados para otros fines más necesarios. (t8) Id, (12). ¿ 4. a} Las características dei pedalear Analizaremos a continuación las características que definen el acto de pedalear, para así conocer las posibilichides reales de la bicicleta como medio de transporte y poder criticar y poner en su justo putuo el conjunto de lugares comunes y falsas creencias que se manejan normalmente a la hora de abordar ci tema de la utilización de la bicicleta, 1) luj velücidud. Una de las ]>aradojas de los sistemas de transporte hiperdesarrollados es que no nos hacen gtrnar tiempo, es decir, que aunque, apa- i-entenienle, se alcancen cada vez mayores velocida- des o mayores espacios en menos tiempo, si realiza- mos un cálculo que incluya el tiempo que verdade- ramente dedicamos al sistema de transporte global- mente. entonces podemos observar que lodo el apa- rato tecnológico do los transportes mecanizados no ha supuesto más que un retroceso ett la velocidad que el hombre podría desarrollar con sus propias piernas. Los 15-25 km./hora que un ciclista puede al- canzar con comodidad y regularmente sujjeran con creces lo que el hombre-automóvil consigue en USA, Australia o España (véase recuadro), si in- cluimos el tiempo que se dedicti a trabajar para el coche. Pero es que indu.so haciendo un cómisuio ('|uc no globaiice los tiempos que se pierden exter- namente al trayecto, se pueden hacer comparacio- nes. Así, por ejemplo, según las estadísticas del Ayuntamiento de Madrid, en esta ciudad la velo- cidad media ronda los 2Ü-2I Km./hora y baja con- siderablemente en algunas zonas centrales. La com- paración con el transporte público es la siguiente: Erente a los 15-25 Km./hora del ciclista la EMT tiene una velocidad media de 15,4 Km./hora y el metro de 24,5 Km./hora. Además, hay que tener en cuenta que el dudo.so método utilizado por el Ayuntamiento para medir la velocidad media oculta las ventajas fundamenta- les que esc aspecto espacial-temporal aportan tanto el peatón como la bicicleta, y que son la disminu- ción máxima de ios recorridos entre origen y me- dio de transporte y entre medio de transporte y destino, y la disminución, también máxima, del espacio de ios trayectos, pues como es obvio, los medios mecanizados ni aparcan donde quieren ni circulan por donde quieren (el ciclista puede acor- tar trayectos, por ejemplo, usando calles y cruces peatonales). 2) La comodidad. Nos referimos aquí exclu- sivamente a la comodidad o placer en el pedalear provocado por las características ambientales y por las características físicas tic ciclista, y dejaremos para más tarde los problemas que se derivan de topografías accidentadas y los consiguientes es- fuerzos físicos requeridos. 2.1. La conlaminación almosjéricas y el ruido. No hay estudios serios sobre el posible aumento de contaminantes que absorbe un ciclista respecto a los contaminantes absorbidos por un peatón o un conductor de automóvil sentado en su vehículo. Sin embargo, el sentido común parece indicar que la proximidad dei ciclista a las fuentes emisoras 101 Trans- portes en modos no mo- torizados le hace algo más vulnerable. Aunque el sentido común engañe, lo que sí bace, y roUindanientc, C.S desanimar a los eiclist.as potenciales, Lo mismo ocurre con el ruido y las vibraciones, pues en ellas el ciclista está inmerso y a pecho descubierto. Es por eso, que tomar medidas para disminuir la contaminación atmosférica, el ruido y las vibra- ciones tendrá un efecto poienciador del uso de la bicicleta. De la misma forma, el diseño de rutas ciclistas ba de tener en cuenta las preferencias, del que pedalea, de tío encontrar zonas muy con- taminadas a su paso. Por ejemplo, los parques pue- den .ser .soporte de rulas ciclistas conectadas con el resto de la trama urbana (sugerencia esta radi- calmente alejada de la de construir circuitos rc- crealivü-deportivos para bicicletas, en diversos parques de Madrid) (*), 2.2. Las inclemencias del tiempo. Con más de 2.600 horas de sol anuales, una precipitación de sólo 437,9 milímetros, 107 días toiamentc des- pejados, 180 nubosos y 78 cubiertos, el clima de Madrid niega la razón a los que argumentan «y si llueve qué». Pero no sólo lo hace Madrid, sino que en la lluviosa Inglaterra, en Edimburgo, 2/3 de los ciclistas continúan usando la bici aún en las peores condiciones (nieve, viento). O incluso en el frío Canadá, en Montreal. se pedalea perfeela- mente desde el 15 de abril basta el 15 de no- viembre. En invierno, el nivel de utilización de la bici se reduce en 2/3 en Vásieras (Suecia) y en 1/2 en Copenhague. En Filadclfia es factible usar la bicicleta del 85 al 88 % de los días del año, en el supuesto de que habrá tránsito cuando caiga 1/2 pulgada (aprox. 12 milímetros) o más do precipi- tación en 24 horas ,o nieve o hiele, En una hipó- tesis similar, en Madrid hay el 4 % de los días del año con un volumen de precipitación superior a los 10 mm. En cuanto al viento, en Madrid, el porcentaje de días anuales en que la velocidad es superior a 55 Km./hora es de 3,5 % con tendencia a dismi- nuir (*). 2.3. La edad. Desde ios tres años e! hombre tiene el sentido de! equilibrio perfectamente de.s- arrollado y maduro, siendo capaz, por tanto, de conducir una máquina de dos ruedas. Por arriba no hay tope de edad. Y si la seguridad disminuye se puede recurrir a las tres ruedas (ver foto ). Es, por consiguiente, la bicicleta un medio de trans- porte a! alcance de una gran mayoría de la pobla- ción, lo que le distingue meridianamente de otros medios que como el automóvil, son de acceso res- tringido. (Como ya indicamos, en Mad'id, el |X)r- eentaje de la población que tiene capacidad ante la ley para conducir un coche (carnet ti¡X5 B) es de! 15 %, mientras que por incai>acidati física o (*) Señalaremos aquí, por no haber olro sitio más adecuado, la necesidad de qtie la nueva política de Par- ques Nacionales y otras áreas natuiale,s protegidas, <iuc se está esbozando, tenga en cuenta, desde el principio a la bicicleta como medio de transpone de bajo impacto ecológico, f.a imaginación y las características de cada lugar, determinarán el acceso a bicicleta tamo al área protegida como dentro de ella, (*) Datos del Servicio Mcicoroiógico Nacional, f'.sta- cíón de Retiro 1978 v 1979. í edad ci 40 % de la población queda excluida de la conducción del automóvil). 3) La seguridad. Los accidentes son el nudo gordiano con el que se topa el futuro desarrollo de ia bicicleta. Hay unanimidad en las estadísti- cas al señalar un nivel de ixdigrosidad bastante alto para el ciclista, pero ya no la hay en cuanto a comparaciones c;on otros medios de transporte, que según algunos dalos resultan de riesgo sitnilar o mayor (en algunas estadísticas la moto y en otras el conductor de automóvil), y según otros, son de riesgo inferior, Lo cierto es que para que el ciudadano se decida a usar la bicicleta, tiene que circular sintiendo se- guridad. Por esa razón, para romper el nudo aotc- rior es imprescindible evitar al máximo la mezcla de los ciclistas con el tráfico motorizado, verda- dero causante de ios accidentes, y que, por tanto, no valga aplicar esquemas ideados para la poten- ciación de otros medios de transporte (por ejem- plo, ci carril-bus). Un detalle a tener en cuenta es que más del 70 % de ios accidentes con implicación de cicli,s- las, se producen en las intersecciones o en su pro- ximidad, por lo que en esos lugares hay que dal- las mejores soluciones y hacerlo cruce por cruce, sin diseño patrón, teniendo en cuenta variables como el númcio de vchículos/hora, número de ca- rriles y su sentido, etc. La mayoría de ios acciden- tes ocurren porque, o no se ve ai ciclista, o no se le espera o no está en el sitio previsto en las inter- secciones, Todo ello soiucionablc en gran parle mediante planificación para la bicicleta, pues, por ejemplo, el ciclista está cuatro veces más seguro circulando por una ruta de bicicletas que por una calzada norma! (20), La capacidad. La bicicicía permite multiplicar la capacidad de! espacio que se dedica al movi- miento de personas. Como señala lliich (21), para que 40.000 personas puedan cruzai' un puente en una hora moviéndose a 25 Km./hora se necesita que éste tenga !38 m. de anchura si viajan en coche, 58 m, si viajan en autobús y sólo 10 m. si van en bicicleta. Unicamente un sistema bipermo- derno de trenes rápidos, a 400 Km./hora y suce- diéndose a intervalos de 30 segundos podría pasar esa cantidad de gente por un puente semejante en el mismo tiempo. Véase también ci cuadro de ocu- pación dcl espacio que se adjunta. Dtro estudio indica que un camino doble de bicis de 12 pies (366 cm.) supone cinco veces el tráfico de una canelera de 24 pies (732 cm.) de anciiü (22). 'l'ambién permite reducir el espacio dedicado al estacionamiento, donde se aparca un cociie caben 15 bicis y para salir del estaciona- miento de un estadio, 10.000 personas necesitan una tercera parte dei tiempo que usarían cogiendo autobuses. Ln conjunto, en movimiento y estacionando, un ciclista requiere el 11 % del espacio efectivamente utilizado por el ocupante de un coche. (19) id. (6). (20) Cilado en Pcnaion, ). K. «Planiiing jor the cv- cüsl iii urban areas». Town planning Revuc, Vil. 39 núni. 21968. (21) lliich, Ivím. «L'ire/’íí/c y liquidad» Barcelona. 1974 (22) U.S. Dcpardiiciu of Transpoitalion; «¡iikeivay: The State of ¡he Art». 1974. 102 Mihlí'lo til' n'iutih/ut' íU’ hií'ií'lí'lii. Triciclos y hicis en Culiloniia. Líi bicicicta no sirve solo como algunos creen, para ci iranspovle de personas. Puede uíilizai'se para trasladai' gran cantidad de bultos, alimentos, enseres, materiales de construcción, etc., y ya liay en e! mercado americano y europeo accesorios pa- ra e! transporte de niños y equipajes {ver l'ig. 5), Recordemos, también, que están empezando de nuevo a utilizar en Madrid, los triciclos de las leeberías y otros comercios, de gran cajracidad de carga (ver l’ig, 6). I'.n cuanto ai argumento de que ia bicicleta solo puede portar una persona por vehículo, podemos oponer que, el grado de ocupación del automóvil para recorridos urbanos es del orden de 1,5 per- sonas/vehículos (1,34 en Madrid, 1,7 en USA), b) La bicicleta en el espacio urbano .A un modeio territorial le corresponte un mo- delo de ciudad y a esta un modelo de transporte determinado. Es por eso por lo que pai-a hablar de la bicicleta, hay que enmarcar sus posibilidades en un contexto más global que el puro de tran.s- porles, hay i|uc enmarcarlas en ia ciudad actual. Los comentarios de este parágrafo están pen- sados, casi siempre, para las grarules ciudades, aun- que creemos que muchos de ellos se podrán adap- tar a las earaclerísticas de otro tipo de comunida- des, como ciudades medias y pueblos, en los que a corto plazo, la biei puede volver a ser el medio de lrans|jorie más importante para conexiones entre fábrica y casco urbano, entre cultivo y casco urlra- no y entre pueblos próximos. I.fís dislaricias. El tamaño de ia ciudad no es un obstáculo insalvable para el uso de la biei, basta pensar en Pekín que con 7 millones de habitantes tiene 3,5 millones de ciclistas y la biei es d lírin- cipal medio de locomoción. Es otro, por tatuó, el problema de las distancias, es el alejamiento de usos, favorecido por los medios de transporte me- canizados. Para poner en su justo punto ese alejamiento de usos recordemos el caso de Madrid, en dontic veíamos que sólo el b % de ios viajes supera una distancia de iO Km., siendo ésta qitizás, la distan- cia psicológica tope para el ciclista. Las pendientes, el esjuerzo ¡ísieo. Tratar de convencer a los potenciales usuarios de la biei de que las cuestas, no son tan importantes como parecen, puede ser un intento infructuoso si no se complementa con tres comentarios; Para subir y bajar cuestas sin despili'arrar ener- gía se ha inventado el cambio de marchas {juego de piñón y platos). I,as bicicletas de moda, las de ruedas pequeñas y diseño a semejanza de las mo- tos, además lie entrar de lleno en la lógica consu- mista, son poco útiles como medio de transporte en ciudades grandes y de perfil escarpado. Recordemos que la biei tuvo un uso generaliza- do en los años 30 y que entonees. las cuestas eran las mismas que ahora. A los desmemoriados y jóvenes les bastará ver algún documental sobre la vida cotidiana en el Madrid de la República. I.,a gente sólo se convencerá de que el relieve de su ciudad no es demasiado duro cuando vea circular a muchos ciclistas de todas las edades y, sobre lodo, cuando se monte en una biei adecuacia y descubra sus propios esfuerzos y posibilidades, casi olvidadas iror la creciente dependencia de ios transportes molorizítdos. Las barreras urbanas. La configuración de las ciudades, dictada por la especulación y por el tipo de tecnología de transporte (por el autonióvil y su infraestructura) plantea problemas de difícil solu- ción cuando se traía de actuar en un sentido dis- tinto al dominante. Potenciar al peatón y/o al ci- clista irá en detrimento de otros medios de trans- porte puesto que, por ejemplo, espacio y dinero solo hay uno. Si se concede espacio y dinero al ciclista, no se potencia con ese dinero a! automóvil y se le eslrecfian las posibilidades espaciales de expansión. Hay, por tanto, unos límites fuera de los cuales las actuaciones en uno u otro sentido serán contradictorias o incompatibles. Una calle pensada para el paso de automóviles, hará perder el tiempo, pondrá en peligro y obli- gará a la realización de mayores esfuerzos al ci- clista. El sentido de la circulación, la semaforiza- ción y señalización, los puentes y pasos a desni- 103 vei, las autopistas y autovías ítl estar diseñadas para los automóviles disminuyen las ventajas de la bicicleta. Inversamente, una calle pensada para el peatón y/o la bicicleta entorpecerá el paso del automóvil, causándole perdidas de tiempo y com- bustible. En cualquier caso, hay soluciones parciales qtie se pueden ir dando en vía reformista, como la facilitación de giros, las rutas a contracorriente, las intersecciones que no obliguen a parar al ci- clista, la mezcla de ¡jeatones y bicis, la facilitación de entrada de bicicletas a las zonas peatonales, etcétera (ver fig. 7). Carril para bickh'ías i‘ii sculido caiurtaio al trti¡iiO iiioiori:aik>. Pero lo que está claro es que la solución com- pleta del problema de las barreras urbanas sólo se puede dar configurando otro tipo de comunida- des, otro tipo de ciudad. La viabilidad de la bici no solo depende de que voluntariamente nos pon- gamos a pedalear, sino que depende de la es- tructura urbana, si la planificación nos obliga a vivir a decenas de Kms. del puesto de trabajo, a mandar a los niños a! colegio a otro barrio y a comjjrar en un hiper de las afueras, difícilmente podremos dar la bici como alternativa fundaniental ai transporte en las grandes ciudades. c) La situación actual de la bicicleta y de su infraestructura Indudablemente hay, en estos momentos en el mundo, un resurgir de la bicicleta. l.,as ciudades del capitalismo post-industrial se ven de nuevo recorridas por crecientes cantidades de bicicletíts, Los grupos de presión ciclista o eco-ciclista se multiplican y con ellos, las campañas y las reivin- dicaciones que van desde el acceso al último vagón de metro en Montreal hasta el carril de bicicletas en el puente de Queensborough, en Nueva York. En los países de la periferia, o se mantiene la bici como principal medio de transporte de per- sonas (China y Sudeste asiático), o se está fomen- tando para que así lo sea (en Tanzania se cons- truye una fábrica con una producción de 100.000 bicis anuales, de cara a cubrir el 75 % del tránsito de la capital con esc medio de transjxtrte) (ver figura 8). i En España, de dos años para acá, las ventas y la utilización de bicis se han disparado. En algu- nas ciudades se habla tímida y/o demagógicamente de earriles-bici. .Se suceden con éxito manifesta- ciones y fiestas ciclistas, y empieza de nuevo a utilizarse la bicicleta para ir al trabajo. Paralciamento, se realizan crecientes esfuerzos, en Europa y América, para poner al día una in- fraestructura ciclista (carriles, señalización, cruces, a pa re a I n i e n 1 os) a de c u ad a. En Holanda hay 9.000 Km. de carriles-biei, en la RE'A 18.000 Km. y en Estados Unidos 50.000 Kilómetros. Son ejemplares las planificaciones pa- ra la bicicleta de algunas «new towms» inglesas, como Stevenage (37 Km, de ruta segregadas de! tráfico motorizado) o de algunas ciudades conso- lidadas como la holandesa Delft que ha visto sus calles rediseñadas con gran éxito bajo el esquema de prioridades sucesivas siguiente: peatón, ciclis- ta, transporte público, coche privado. Aunque las experiencias no son transplantables, aquí podemos aprender de los errores cometidos en todos esos sitios (ver fig. 9). 5. LOS MODOS DE TRANSPORTE NO MOTORIZADOS Y SU PAPEL EN EL PLANEAMIENTO URBANISTICO Y DE TRANSPORTES A! igual que el planeamiento de transportes no debe considerarse aislado del planeamiento urba- nístico, sino que debe formar parte consustancial de él, los modos de transporte no motoriz.'ulos no deben considerarse aisladamente (plan de pealo- n.alización, plan de carriles de bicicletas), sino que deben incluirse en el ¡narco global del planea- miento de la ciudad. Como hemos puesto de relieve en apartados anteriores, los modos de transporte no motoriza- dos reúnen una serie de condiciones (oportunidad, coste, importancia rea!, bajo consumo de energía, impactos positivos, etc.) que aconsejan su estudio y consideríición al mismo nivel que los motoriza- dos. Para ello no basta, lógicamente, con una mera cuantificación de la situación actual en los estudios y planes, sino que deben ser estudiados con mucho cuidado en todas las etapas del pro- ceso de planificación. Las medidas tendentes a adoptar la ciudad al automóvil, sólo han mostrado que agudizan los problenias urbanos y de transporte; se impone, pues, un cambio de estrategia, que aunque enun- ciada repetidamente a ¡úvel teórico, no ha con- tado con realizaciones irrácticas coherentes y ex- tensivas. En el Libro blanco del Transporte, re- cientemente publicado, podemos leer entre las directrices básicas de la nueva política: «El establecimiento de determinadas medidas de disuasión del vehículo privado.» Acorde con este enunciado, se inscriben las ideas que estamos expresando en este artículo, pues como a continuación veremos, ¡as propuestas no se basan en una ¡rrohibición absoluta de los modos motorizados, sino en una coexistencia con unas prioridades. El aceptar dicho enunciado, supone de hecho un tipo de beligerancia contra las tendetreias de utilización progresiva del automóvil y la supuesta capacidad de elección, i30r parte de unos pocos. 104 ( Pekín del modo de iransporie; así como un cambio en determinados conceptos teóricos subyacentes en las formulaciones del planeamiento de transportes, beligerancia, pues lo que se trata es de disuailir y no de adaptarse a unas tendencias determinadas, y cambio, pues si se siguen utilizando los mismos criterios para actuar y planiíictir, mtií se van a acometer las reformas deseadas. Untre los conceptos teóricos a poner en cuestión, destacatnos tres; movilidad, accesibilidad y re- parto modal. Los conceptos de movilidail y accesibilidad h;m sido suficientemente discutidos en otra parte y lo que aquí nos ocupa es discutir su papel desde el punto de vista de los modos de tratisporie. El con- cepto de movilidad está asociado fundamentaliiicn- te a «la posibilidad de desplazarse en el sistema de transportes motorizado y se identifica normal- mente con la frecuencia de desplazamientos», y e! de accesibilidad a una «combinación de la mo- vilidad de las personas y de la localización de los Del ¡I (Holanda). centros de interés» (23). No es rtiro encontrar co- mo t)b¡etivo primorditil de las políticas de trans- porte, el aumentar la movilidad de la población, movilidad molorizaiia, se entiemie. Vistos ios in- convenientes y no solución de problemas que im- plica el objetivo anterior, más recientemente se iuilrla de aumentar la acccsibilidttd general, tam- bién referida a accesibilidad en modos de Irans- |X)rtc motorizados, Aumiuc esta segunda visión es más adecuadíi que la primera, tamirién adolece de sciias limitaciones, pues aumentar la accesibilidad motorizada, implica aumentar la posibilidad de transporte a determinados centros de interés, pero eti modos motorizados lo cual posibilita el creci- miento de la ciudad y la separación de los usos del suelo y, en conseeuencitt, el paso del trans- porte motorizado como posibilidad a! transporte como necesidad. Por e¡em]:)lo, en un área urbana dotada.de una accesibilidad motorizada muy elevada {tanto en transporte ¡rúbíico como privado), puede darse el caso de qt,ie los residentes en ella se vcítn obligados a realizar numerosos viajes motorizados para mo- tivos cotitlianos (trabajo, comprtis, esparcimiento, etc.) en razcti de los desequilibrios en la estruc- tura urbana o en razón de la molestia de realizar- los en modos no motorizados. Es, poi- tanto, nece- saria una revisión de éstos conceptos y su diferen- citición según los distintos modos de transporte. |K)leiKÍando la accesibilidail en mudos no motori- zados. El concepto de Reparto Modal también debe ser objeto de revisión, en el sentido de crear las con- diciones para que se produzca un reparto favoia- blc a los modos a potenciar y no basarse sólo en criterios de libertad de elección y costes genera- lizados que desembocan (como confirma la prác- tica) en más medidas a favor del automóvil. t.?3) OC13L, vlk'soiní de iran.'iixn'ís ¡unir tes coniniii- luinlés iirbaine.s-. La idiinilicalion des iransparís de per- so/ine.';». París 1^37?, 105 En definitiva, hay que adoptar una actiud teó- rica y práctica a favor del transvase de viajes an- dando y en bicicleta, para lo cual hay que crear las reformas necesarias en el planeamiento urbano y de transportes. Dos son los criterios que, en nuestra opinión, deberían utilizarse a corto y medio plazo para lo- grar las metas anunciadas: la atenuación del trá- fico, y la planificación de los modos no motoriza- dos en toda la extensión del espacio urbano. En el primero, cobra especial importancia el concepto de coexistencia. De la crítica a las áreas peatonales existentes y a las tendencias dominantes en su concepción, veíamos las consecuencias nega- tivas que podían tener unos paraísos para el peatón que estuvieran aislados de otros tipos de tráfico, así como de su instalación exclusiva en el centro de las ciudades. Frente a esa concepción, surge el concepto de coexistencia, con prioridades. No se trata ya de buscar separaciones tajantes entre los distintos tipos de tráfico, según las ideas de C. Buchanan, sino de buscar las posibles formas de coexistencia mediante la limitación al uso del ve- hículo privado y la adjudicación de prioridades a los modos no motorizados. En este tipo de calles, plazas, etc., el peatón sería prioritario ante los otros tipos de tráfico, a continuación el ciclista tendría prioridad sobre el transporte colectivo y el automóvil; en el caso de que debiera pasar una línea de transporte colectivo por esos espacios, tendría siempre prioridad ante el automóvil, y éste debería de adaptarse a los ritmos y características de los anteriores. Para hacer viable la coexistencia con el tráfico motorizado, precisamos formas mixtas en las que se superpongan las más variadas funciones, y en las que no sea el problema específico el tráfico por sí sólo, sino su integración y adaptación a la ciudad. En este tipo de calles de coexistencia ,no hay prohibición absoluta al automóvil, pero sí restric- ciones de tres tipos: — Limitación de velocidad. — Limitación de aparcamiento. — Exclusión del tráfico de paso. Para lograr con un cierto éxito que se cumplan estas limitaciones, no basta sólo con establecerlas y actuar a posterior! mediante las correspondientes sanciones, sino que hay que dotar a las calles de coexistencia de elementos de diseño que sean físi- camente efectivos. La limitación de velocidad es, evidentemente, la primera condición para lograr una mínima coexis- tencia, sin embargo no basta con prohibiciones expresas para conseguirla, pues como se ha de- mostrado abundantemente (24), son sistemática- mente ignoradas. Un sistema de calles rectilíneo .cumple exigen- cias de seguridad y facilidad para el tráfico de automóviles, pero no las de seguridad para el vecindario. La velocidad elegida se rige .primor- dialmente, por la impresión subjetiva de calidad que produce la calzada, sin una consideración global del espacio. El diseño pasa a ser el elemento decisivo en el comportamiento del conductor, y (24) Eichenaner, M. et alt. «Calles habitables. Convi- vir con el írálico». En «La ciudad peatonal». / para conseguir una efectiva limitación de velo- cidad debe evitarse el trazado rectilíneo, modifi- cando el diseño de aceras, introduciendo obstácu- los que obliguen a realizar una especie de «sla- lom», etc., debe además añadirse elementos de aviso de que se está en zonas de tráfico limitado, pero que sean palpables en cualquier caso (dife- rencias de nivel, claros, etc.). En las experiencias realizadas en Holanda (en 40 ciudades) y en Ale- mania, se han fijado límites de 25 Km./h. para éstas calles ,y se han extendido a amplias zonas urbanas (25). El aparcamiento debe quedar limitado al de re- sidentes en la calle, y dispuesto de tal forma que contribuya a lograr un diseño adecuado a la vez que disuasivo. En los casos de altas densidades, debe pensarse, incluso, en restringir el número de plazas a las máximas compatibles con una buena calidad ambiental. El tráfico de paso es totalmente incompatible con este tipo de calles, pero si se consigue un buen diseño, serán los propios automovilistas los que tratarán de evitar este tipo de itinerarios, sin que haga falta abrir nuevas vías para canalizar este tipo de circulación. En las zonas de nueva creación debe acudirse al concepto de áreas am- bientales expuesto por C. Buchanan. En este tipo de calles, no se presentan problemas de carga y descarga, siendo incluso más fácil de realizar que en las calles sin ningún tipo de limi- tación. El segundo criterio ,que debe informar el pla- neamiento de los modos de transporte no motori- zados. es el de su consideración como aspecto general del planeamiento de toda la ciudad. Si se admite que la marcha a pie y la bicicleta son las modalidades más oportunas e importantes para desplazarse, deben considerarse, al menos al mis- mo nivel ,que los modos motorizados. Esto significa que, al igual que los demás parti- cipantes en el tráfico, los peatones y ciclistas deben tener caminos continuos e interrelacionados, que abarquen toda la ciudad, comunicando todos los centros de actividad y de residencia y con priori- dades en las intersecciones con otros tipos de tráfico. Correspondiendo a las múltiples necesi- dades del peatón (que son en buena medida, apli- cables a la bicicleta con las precisiones que luego señalaremos), R. Monheim (26) señala tres tipos de elementos necesarios: a) Ejes, con máxima continuidad, que unan los orígenes y destinos de la circulación no moto- rizada y que en conjunto, formen una red cuyo tra- zado debe adaptarse a la estructura de la ciudad de manera que se hagan atractivos los recorridos. Pueden estar formados a base de calles de coexis- tencia, o en algunos casos (desde terminales de transporte público a centros de interés importan- tes) con prohibición absoluta de automóviles. b) Centros, que sirven para el uso del espacio urbano y en general, la vida del barrio. Debe evi- tarse la aparición de automóviles en ellos y deben estar conectados con la red de circulación de pea- tones y bicicletas. (25) Id. (24). (26) td. (6). 106 c) Zoníís .áreas con un carácler arquileciónico común (cascos históricos) o los centros nuiltifun- cionales de distrito, o de ciudad, que no tienen por que ser predominaniemente comerciales. Las zonas deben de ser varias y estar inlerrelacionadas entre sí por la red de caminos de circulación no motorizada. Con esta distribución se consigue evitar la ma- yoría de las consecuencias perniciosas que Itan te- nido las zonas peatonales actuales, como despla- zamiento del tráfico a otras áreas, procesos de revaloracic'm de solares y alquileres, etc. Fuera de estos centros y z.onas, se puede aplicar e! concepto de coexistencia a gran cantidad de calles que, sin formar parte de la red principal, sean espacios de residencia donde se pueda habi- tar sin interferencias. Estas redes lógicamente deben de tener en cuen- ta los objetivos y criterios del planeamiento urba- nístico y deben estar relacionadas con las redes de transporte motorizado público y privado. Para el caso concreto del transporte en bicicleta lo expuesto no es suficiente. Si se ha dicho «sí» a potenciar la bicicleta, hay que establecer un con- junto de premisas de cara a planifica]- y diseñar coherentemente la red de vías e instalaciones. Como en el caso de las áreas peatonales, en que veíamos que no está justificada su implanta- ción exclusiva en los centrOvS terciarizados, en el caso de la bicicleta se debe evitar que las vías e instalaciones queden restringidas a zonas centra- les o a parques. Debe extenderse por toda la ciu- dad, tanto en zonas residenciales, como en comer- ciales o de trabajo. Como segunda pr-emisa, es necesario diferenciar entre el diseño para un tejido urbano ya consolidíi- do (como lo es el buen ejem¡jlo de la ciudad ingle- sa de Peterborough) (27), y el diseño para nuevas ciudades (la «new town» de Stevenage, es lanibién un buen ejemplo a seguir para el desarrollo de la bici en ciudades en formación (28)). Como tercera premisa, hay que establecer que el planeamiento para bicicletas sea integi-ado, es decir, t27) Quenaut!. S. y Morgan, |. «I’elí-rbrongii Cycic Rúuie». Transpon aiui Road Research t.aboi'aioiy, Lonüon. (28) Stevenage Devclopinent Corporation: «.S/ci'í.'/íí/- ge Cycle ict/y Sysiciii>i. inT-l, Kiiiti segreatuia pum hiavleuia y peaiottes. Cíomadü de «ivays oj Itelping eycUsIs iit htiill-up iirecisu). i que las redes además de ser completas (no solo carriles), tengan lodos sus elementos en función del resto. No se ¡mede di,señar indepcndienícmcrnc el aparcamiento de la ruta cielista que lo va ít alimenta]', ni esta de ios dispositivos de señaliza- ción y erttee que la hagan uliiizabie. Como última piemisa, es tnenester una piani- {icución para la biciclela en la calle. Para la bici- cleta, significa que no se ajylican mecánicamente las medidas ya probadas con otros medios de transporte, y en la calle significa que ha de pal- parse el espacio a planificar, no se puede diseñar desde un desijacho, sino desde el sillín de la bici- cleta (ver fig. 11). I’ara terminar este capítulo dareinos unas cutin- ías ideas deslabadas que una Administríición Lo- cal interesada en el fomento de la biciclela podría asumir, complementando la planificación y ejecu- ción de la obra de vías, cruces .aparcamientos, etc. í.as campañas de res]>eto a la bieicietti son de dudü,sa utilidad, pero quizás añadiendo un esfuer- zo legislativo en favor de ios derechos de! cielista, se podría restar agresividad automovilística. Una primera medida a tomar sería informar a los ciudadanos, potenciales ciclistas, de las calles más adecuadas, con menos tráfico, metios des- nivel, etc. Hay guías de varias ciudades (29) que muestran la colocación de aparcamientos ,!os ca- rriles cxisletiles o indican caminos alternativos de mayor seguridad. Las facilidades de ocupación del suelo muni- cipal para la construcción de aiíarcamientos, la obligación de que tos edificios públicos y las es- ítteiones del transporte público tengan esas insta- laciones y el fomento de las iniciativas de los co- merciariles y otros gru]>os en c! mismo sentido. La experinicntación de bicis mtjnicipttles gratui- tas o la colocación de puntos de alquiler de carác- ter municipal. La invención de .soluciones para el acceso de las bicicletas a los tran,spories públicos (espcciaimenlc metro y ferrocarril). La creación de un seguro municipal generaliza- do para los ciclistas víctimas de accidentes con vehículos de motor, La institución de cursos de aprendizaje de conducción y reparación de bicis, etcétera. (29) í-ríetuis oi the t.arth: «On yoar bike. A giiide aj i'yciiiiii in Loiidon». 1978. Señalización para circulación de bicieleias. (Tomado de «ways oj hciping cydi.sis in biidi-iip areasr,. Dpi. oj Tranxport. The WeLsh ojjice.) 107 Todas estas medidas rcl'uer'an el efecto nnilli- plicador que de por sí tiene la planificación para la bicicleta (lo mismo habría que decir para el peatón), pues, es obvio, que si se potencia el uso de la bicicleta habrá menos tráfico y por ello, me- nos contaminación y menos accidentes, y la dismi- nución de ambos factores supondrá un nuevo fo- mento de la bici (ver fig. 12). 6. EL PEATON Y LA BICICLETA COMO ELEMENTOS DE UNA ALTERNATIVA RADICAL Como ya ha quedado dicho, las crisis inicre- lacionadas de la economía, de los recursos natu- rales y del modelo territorial, obligarán a la accp- tacióti de los triodos de transporte no motorizados como forma de solucionar un porcentaje impor- tante de problemas. De esta forma, el sistema puede asimilar casi todas las propuestas y críticas que se han hecho en este artículo, sin tener que, por ello, cambiar en lo esencial de sus relaciones sociales, de su modo de producción, o de su tratamiento del en- torno físico. Sin embargo, los modos de transporte no moto- rizados (*) son germen de transformaciones socia- les, y elementos de una alternativa radical. En diversos sectores ideológicos se empieza a utilizar un esquena difereneiador de los horizontes posibles que se vislumbran en el planeta. El interés por aclarar cuales serían las características desea- bles de los proyectos socio-políticos en el futuro, impulsa la definición y distinción de modelos. Así surge el nada gratuito esquema de modelo blando (') IncliiyciKlo entre ellos, además del peatón y la bicicleta, otros también arrinconados en el campo de! deporte, como la vela, el remo, el esquí o la tracción do sangre, y que no se han tratado en este artículo. i versus modelos duros. El modelo blando earaeie- i'izadü en lo lerrilorial por la dispersión y la aiilo- .suficienciti, en lo social por la baja división del Irabajo y la no jertirquización, en lo leenológico por la sencillez, accesibilidad y respeto ai entorno y a los recursos, se contrapone al modelo duro de concern rución-deserlización, espeeializaeión del trabajo y del espacio, tecnología compleja y ecoló- gicamente defectuosa, y altos niveles de contami- nación y despilfarro de recursos naturales. Es en este esquema difereneiador donde quere- mos introducir las potencialidades de los modos de transporte no motorizados. Y ello, porque cree- mos que esos modos son los que hacen viable el modelo blando en cuanto al sistema de transpor- tes y en cuanto a la distribución espacial. El peatón y la bicicleta encajan en el modelo te- rritorial blando poique la minimización de las ne- cesidades de transportarse, y la disminución de las distancias a recorrer, que comporta la aulosuficien- eia y baja es|jecialización del modelo alternativo, les permiten cubrir la mayor parte de los desplaza- mientos, quedando los modos motorizados como compleinenlo, quizás imprescindible. Peatón y biciclela también se corresponden con la globalización de la vida cotidiana del modelo blando, al romper fronleras como las creadas por el sistema de transportes motorizado que j>areela la vida diai'ia en trabajo ,ocio, transporte. Si el coche es símbolo de ijoder y separa al que lo utiliza del resto de los hombres y de la Naturaleza, el peatón y la bicicleta son símbolo de solidaridad. Al crear a su paso caminos con relaciones y posibilidades múltiples, al no cambiar los usos y no transformar la calle en canal de transporte, lo que provocan es la ruptura de las bañeras que separan el ocio-tra- bajo, del transporte. La dcmocraliztición que caracteriza al modelo alternativo no se puede entender sin la extensión de la autonomía de cada individuo. Los modos de 108 Madrid # Trans- portes en modos no mo- torizados irnnsporte no motorizados rcluorzan la autono- mía individual pues son ios únicos medios utiliza- bles por los que hoy no tienen movilidad en la sociedad motorizada, son los únjeos medios autó- nomos para los menores de 18 años, para los viejos y para los pobres. Mientras que la democra- tización del automóvil lia supuesto la disminución de las ventajas que este aportaba, la democratiza- ción o uso generalizado de las piernas para mo- verse sólo puede generar ventajas al conjunto de la sociedad. Si en el tema energético se toma el sol como símbolo de alternativa, en cuestiones tecnológicas el símbolo debe ser la bicicleta. Y ello porque es respetuosa con el ambiente, utiliza energía renova- ble, minimiza el despilfarro de recur.sos no reno- vables, es fácil de entender por todos ,no crea un mundo de riesgo cotidiano y permite que el hom- bre multiplique su movilidad sin grandes contra- partidas. Es una tecnología a escala humana, fren- te a la tecnología dura de autopistas .superpuérios, superpetrolcros, aviones supersónicos, etc. L.os modos de transporte no motorizados, no transforman al hombre en usuario, no tornan un valor de uso (la capacidad de usar las piernas) en un valor de cambio. Y ello ¡lorque disminuye la dependencia respecto del sistema de transportes, respecto de ia energía y recursos ajenos, respecto de empresas e instituciones como policía, talleres de reparaciones, compañías de seguros, compañías de transporte público, etc. Oticremos, por último, recalcar el papel de los modos no motorizados en la transición hacia el modelo blando. El peatón y la bicicleta, puesto que no perturban el ambiente (ruido), sino que lo crean; no contaminan la atmósfera y no cons- tituyen barreras de peligro, transforman el medio urbano. Además, como hemos visto, por el mero hecho de su utilización se produce un cambio en las relaciones sociales, ganándose independencia para un sector de la población y disminuyéndose la jerarquización, y se produce también un cambio en la percepción del espacio, el hombre urbano, espectador de su propia ciudad, a! utilizar los modos no motorizados recupera su visión geográ- fica individual, recupera su espacio y en conse- cuencia, adquiere mayores posibilidades de incidir en la transformación de la sociedad. Caminar y pedalear se convierten así en actos políticos (ver figura 13). CUADRO OCUPACION DEL ESPACIO SEGUN MODO DE TRANSPORTE Teniendo en cuenta et tamaño dei vehículo, sus distancias de parada, sus medidas de aparcamiento y tos retrasos originados por el resto del tráfico tenemos: % Espacio % del reparto ocupado espacio modal m’ de la via Conductores de automóvil 8,07 996,8 85,4 Pasajero de automóvil 3,29 21,04 1,8 Conductor de motocicleta 0,93 62,38 /5,3 Pasajero de motocicleta 0,04 — — Autobús 10,39 76,42 6,5 Bicicleta 0,35 3.1 0.3 Peatón 24,56 7,0 0,6 Metro 24,11 — — Ferrocarril 28,27 •— — Fuente; Central London Traftic Census: Lortdon Transport, 1976. t A QUE VELOCIDAD CIRCULA EL HOMBRE-AUTOMOVIL Eslados Unidos •. «El hombre amcric.ino lípico consagra más ilc 1.5ÜÜ horas por año a su automóvil: sentado dentro de él. en marcha o parado, trabajando para paparlo, para pa- par la gasolina, las llantas, los peajes, el seguro, las in- fracciones y los impuestos para las carreteras federides y los estacionamientos comunales. Le consagra cuatro horas al día en las que se sirve de él, se ocupa de él o trabaja para él. Aquí no se han tomado en cuenta todas sus actividades orientadas por el transporte; el tiempo que consume en el hospital, en el tribu- nal y en el taller mee.ánico; el tiempo pasado ante la televisión viendo publicidad automovilística, el tiempo invertido en pagar dinero para viajar en avión o en tren. Sin duda, con estas actividades hace marchar la economía, procura trabajo a sus compañeros, ingresos a los jeques de Arabia y jus- tificación a Nixon por su guerra en Asia. Pero si nos preguntamos de qué manera estas 1.500 horas le sirven para hacer unos 10.000 km. de camino, o sea 6 km. en una horii. Es exactamente lo mismo que alcanzan los hombres en los países que no tienen industria del transporte. Pero, mientras el norteameri- cano consagra a la circulación una cuiirta parte del tiempo soeial disponible, en las sociedades no moto- rizadas se destina a este fin entre el,3 y el 8% del tiempo social.» IVAN ILLICH en «Energía y equidad» 1973 Australia: «El recorrido medio de un automóvil es de unos 16.000 km, al año. El automóvil más económico cuesta anualmen- te 1.865 dólares. Aparcar cuesta más de 150 dólares. Ganar ese dinero con una paga de 4,25 dólares a la hora, supone 474 horas. Se emplean 400 horas para hacer los 16.000 kilóme- tros (40 km. por hora). Aparcar y ocuparse del coche significan 100 horas anuales. La suma total de horas utilizadas por los motivos anteriores es de 974 lo cual supone una velocidad de 16.4 km./hora.» CHAIN líEACTlON, Friends of the Earth (Australia) 1978 España: «[...j Conviene diferenciar el coste que supone el automóvil para el usuario y el que repercute más o menos indiscriminadamente sobre el conjunto social. Para analizar el nrimero se ha partido de la estima- ción dcl cr)stc/km. que la revista «Autopista» (13-1-74) ha rctilizado para los modelos fabricados en el país. Entre ellos hemos tomado dos automóviles medios: el Seat 124 y el Renault 5. Se ha calculado el coste- medio anual que supondría, durante los cuatro pri- meros años de uso. recorrer I5.ÜÜÜ km, anuales, cifra que se ha considerado como normal. Se ha añadido el coste del seguro a todo riesgo, que no estaba inclui- do, y se ha corregido el gasto de gasolina, pues esta- ba calculado a 17 pesetas/litro y no a 20. El coste medio por hora que estima la Encuesta de Stdarios del INE para la Industria y los servicios en 1973. obteniendo así las horas que se vería obligtido a tra- , bajar stt propictarjo para pagar el uso de cada uno de estos vehículos. Finalmente se ha añadido a este- tiempo de trabajo el tiempo medio anual que se pa- sará conduciendo su coche para recorrer los 15.000 kilómetros (se ha supuesto que recorre 2/3 en ciudad y 1/3 en carretera, a una media de 60 y 20 km./hora, respectivamente, que resultan quizá optimistas si se incluyera el tiempo que pierde el usuario en el entrete- nimiento dcl coche). La sorprendente conclusión a que sc llega relacionando los kilómetros recorridos con el tiempo de trabajo y de conducción que le exigirían al usuario medio, es que obtiene una media de 8,0 y 8,4 kilómetros/hora para cada uno de los dos automóviles considerados (Seat 124 y Renault 5. respectivamente) (...) Nosotros no hemos incluido gastos de multas, peajes, aparcamientos, garajes, seguro de los ocupan- tes del vehículo, coste de obtener el carnet de condu- cir. gestorías, propinas y otros gastos de accesorios y extras, j...). Ni hemos incluido los costes de in- fraestructura, ni tampoco la no desdeñable sangría que suponen para la sociedad los numerosos acciden- tes, cuyo coste queda también fuera de las anteriores estimaciones. Finalmente, aunque no en último lugar, aparecen ante el tribunal de la razón todas las consecuencias desagradables que entraña el automóvil y que revelan por sí solas la irracionalidad que supone la preten- sión de extender sus usos. ¿Qué más irracionalidad que imponer un medio de transporte que, además dc ser costoso c ineficiente, emana gases altamente tóxi- cos y produce ruidos que rompen el equilibrio nervio- so del ciudadano? |...|.» losé Manuel NAREDO. Ciudadano n.“ 8. Mayo 1974