| Extracto del fichero OCR | Bicicletasciudadesviajes
domingo, 19 de febrero de 2017
No hay cambios reales en movilidad sin consenso social y compromiso ciudadano
Estamos viviendo una época de cambios, aunque algunos sean puramente estéticos, en
la forma de gobernar nuestras ciudades. Los nuevos equipos de gobierno, sobre todo
aquellos que han sido fruto de coaliciones, están obligados a buscar puntos de encuentro
y consensos sobre cuestiones fundamentales. Si a eso añadimos la necesidad de cumplir
con las exigencias de participación que marca la ley, mejorada con un cambio de actitud
respecto a este aspecto que en muchos casos ha devenido en una suerte de exaltación de
los procesos de participación (lo que hay gente que ha denominado como
participacionismo) nos encontramos con un escenario en el que cada vez hay más
espacios donde ejercitar el derecho a opinar, proponer y discutir algunos asuntos
públicos, de los cuales la movilidad es quizás el que más interés suscita y el que más
visibilidad pública tiene.
Es este estado de cosas, resulta clave la actitud de los responsables públicos a la hora de
mantener el equilibrio entre la imperiosidad, la conveniencia y la vocación a la hora de
buscar los consensos necesarios para que la movilidad sea una cuestión que ataña al
bien común o para que se convierta en un caramelo que, dada la repercusión mediática y
social que conlleva, se instrumentalice como una opción partidista y se utilice a modo
de ariete para buscar rentabilidad política, en vez de rentabilidad social.
Es clave para poder asumir nuevos retos, perentorios dada la situación insostenible en la
que nos hallamos, que entendamos todos y principalmente los responsables políticos,
que los cambios que necesitamos en movilidad no dependen tanto de la determinación y
energía de una opción política que trate de demostrar a corto plazo que las cosas están
cambiando, como de la necesidad de contar con un consenso político y social que
posibilite que este proceso tenga la legitimidad suficiente como para contrarrestar las
tentaciones de la alternancia política o los celos partidistas y para que se materialice a lo
largo de varias legislaturas.
Tenemos que tener presente que nos encontramos ante un reto que requiere varios
lustros de labor continuada tanto en la toma de medidas y la ejecución de actuaciones
encaminadas a dificultar el uso del coche como en la misión pedagógica a todos los
niveles que requiere un cambio de hábitos como el que se pretende, para empezar a
devolver frutos a una ciudad.
La movilidad debe afrontarse como una cuestión de bien común, siendo el bien común
un concepto que en general puede ser entendido como aquello de lo que se benefician
todos los ciudadanos o como los sistemas sociales, instituciones y medios socio
económicos de los cuales todos dependemos que funcionen de manera que beneficien a
toda la gente. Y necesitamos que toda la gente o una buena parte de ella entienda que el
reto de la movilidad merece la pena.
Y más que la movilidad, la calidad de vida de nuestras ciudades, la sostenibilidad
económica y social de las mismas, la habitabilidad del espacio público, la necesidad de
que los entornos urbanos sean vivibles, seguros, justos, agradables, interesantes,
atractivos, deseables.
Cambios de esta magnitud, de esta profundidad y de semejante dimensión tanto
cualitativa como cuantitativa deben ser afrontados y asumidos con un consenso social
suficiente que incite y concite la corresponsabilización tanto de todos los agentes
sociales y políticos, como de la ciudadanía en general.
Sin consenso a todos los niveles y en todas las direcciones (vertical, horizontal y
transversal) un problema como el que tratamos de resolver que depende tanto de
mantener líneas de actuación más allá de lo que muchos políticos están dispuestos a
mirar y que requieren de la coordinación de distintas áreas municipales, pero que, sobre
todo, depende de decisiones personales que suponen cambio de hábitos y rutinas, esto
no hay quien lo afronte.
Un consenso que habrá que revisar y refrendar con relativa frecuencia, para no perder el
pulso de la ciudad y su ciudadanía, en procesos inclusivos e incluyentes.
Eneko Astigarraga | |